jueves, 8 de marzo de 2007

9 : El reloj de madera.

Comenzó a avanzar por la calle G.Gómez al norte. Al poco trecho las baldosas se terminaban y la vereda continuaba de tierra y pasto. A esa altura había cercos vegetales, casas escondidas bajo enramadas de glicinas y portones hechos con viejos respaldares de camas de hierro. Más atrás, altos eucaliptos movían apenas sus ramas dejando ver, por momentos, los contornos del viejo tanque de agua, mientras en los patios las ropas recién lavadas colgaban silenciosas de los alambres.
Estando el tanque ahí, todo iba a estar bien. Las calles debían ser: Calcagno, Arenales, Juan Castillo y Pérez del Puerto. Las que cruzan: Camino del Horno, Mariñones, Balmaceda y …Guimaraens. Juan Antonio, tal vez el héroe de aquella batalla, el que escribía las cartas del General… o si no, aquel marino portugués que…

“el 15 de Junio al alba el General ordenó montar y enseguida partieron para…”

Guimaraens y Juan Castillo, frente a aquella quinta de lechugas… Ella venía caminando con un canasto en la mano. En la canilla pública de la esquina una vieja de cabeza cubierta llenaba un balde. Fue aquel mismo día. Andrés vino a hablarme frente a Augusto de sus planes, esos que por mucho tiempo seguí pensando pero que entonces, en aquel atardecer, no fueron más que palabras que rodaron a lo largo del declive.

Fue en el bar del reloj de madera,
donde las mesas de Roble
cuatro patas tenían bajo el reloj.
Y fue una voz con cuatro patas
la que golpeó nudillos sobre la tabla.

Ajenjo y menta.

Pasan carros por la calle.
Caballos duermen bajo el sol.
Los árboles del camino resuenan en un gran acorde…
Y la tarde continúa.

¿Porqué ese caballo me mira? Su sobretodo peludo da calor y sus guantes de nácar… Lleva un balde en cada mano, llenos de agua o de leche o de jugo de limones… Los cántaros van a la fuente… Muchachas derraman agua en la instantánea de un fresco pintado allá en el sombrío interior del follaje, junto al manantial. Mientras los caballos siguen transpirando bajo el sol, ellas descansan sus senos sobre la fresca hierba de la sombra.

El reloj de madera y los cascos del caballo. Clap, clap. Y en el Africa el tam tam de los tambores, la misma vieja música dormida en las hojas movedizas de los álamos. Todo ahí, al mismo tiempo, pero llegando por distintos caminos para encontrar que todo ha cambiado.


(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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