martes, 23 de enero de 2007

5: Gregorio también.

Ahora el muchacho va pedaleando frente a las primeras casas del pueblo.

-Iba a doblar para el lado de la estación cuando vi a Octavio, caminando un poco más allá, rumbo al centro. Adiviné que no venía de la casilla, traía aires de otra cosa…Me bajé de la bici para abrazarle. Su derecha se extendió y estrechó la mía. Su izquierda sobre mi hombro.
-Sí, estoy de vuelta, -le contesté- ¡carajo, qué alegría!
¿Los otros? Los billares. La casilla….
Alejandra. ¿Cuál? La sobrina de Godoy. De la mujer de Godoy. Sí, viviendo con ella. Casita con techo a dos aguas, parral y ropa tendida. ¡No, que voy a estar casado!
-Vamos a tomar una cerveza.
El bar había cambiado de dueño. A esa hora solo quedaban cuatro viejos jugando al mus. Dos tacos descansando sobre el billar. Un hombre mal afeitado detrás del mostrador.
-El pueblo está muerto, yo me rajo en cuanto pueda… Como vos que te borraste del mapa.
-Te escribí una vez y no me contestaste.

Una ventana abierta sobre una cama destendida. “Estimado Octavio”. No, otra hoja. “Querido Octavio”. Así estaba mejor. Y todo aquello de las distancias y las proximidades.

-Aquí la gente se ha vuelto mierda! Si no fuera por Alejandra…y Gregorio y los otros…Y vos cuando estabas.
Otra cerveza, como cuando yo estaba. La puta que lo parió. Otra vez como aquella de la caminata por el callejón que me dijo que se cagaba en nosotros, los pitucos bien educados. Ahora se ríe. No sabría cómo decirle que siempre me gustó esa manera de reír. No me lo creería. ¡Pitucos bien educados! Me cago…¡Y lo sigue pensando! Claro que me acuerdo, Octavio descalzo en el recreo de la escuela. El paquetito de tu merienda con dos tajadas de pan… El día que mataste el perro de aquella vieja que te gritó asesino hasta que vos la puteaste. La casa donde vivías con tu vieja, llena de tarros con plantas. Y el día que nos peleamos y quedamos con los puños manchados con la sangre de los dos.

“Querido Octavio, te escribo porque he estado extrañando mucho la amistad de ustedes. Se que vos te reís de ese tipo de frases pero…”

Cara cobriza, ojos oblicuos que de oscuros parecen no tener pupila. En la escuela, siempre con Ismael.

-Yo me las tomo. Creo que hasta Gregorio…
-¿Gregorio se va?
-Me parece.

Un tren parte quejumbroso. Adentro de los vagones hay chistes y risas. Las lomas y los árboles van quedando atrás. Gregorio también, me parece.

Octavio tuerce la mirada hacia la calle como tras las huellas de su destino.
-Pero ahora que yo vine…podríamos…
-Lo bien que hiciste en irte.-tuerce la cabeza- ¿no me digas que haz venido a quedarte?
-No, pero…¿a dónde se van ustedes? Yo planeaba vender la chacra, que ahora es mía, para irme a la capital. No quiero seguir viviendo a donde estoy.
-Ocurre que algunos no tenemos nada para vender.
El tono daba para una despedida.
-Esperá hay otras cosas que te quería decir. Allá lejos me di cuenta de cuanto me importan ustedes.
Pareció sorprendido.
-¿Cómo es eso?
En ese momento entraron al bar, Gregorio y Alejo. Hubieron voces y ruidos y la luz aumentó la intensidad cuando los cuatro estuvieron sentados alrededor de la mesa en el inicio de historias que se volvieron a compartir, al menos con las palabras.
Viajes en tren. Lugares y gentes nuevas. Bancos de plazas. Pocos amigos.
-Maruja está en la capital?-Hace mucho que no voy-No ha escrito-Se supone.

El paraíso de la vereda. Una herrería un poco más allá. El florero que se vuelca sobre el mantel. La música de la radio.

-Tampoco teníamos noticias de vos.
-Una vez le escribía Octavio.
Octavio sonríe. Alejo pide otra cerveza.

A la hora adormecida de la calurosa siesta, varios gurises salen de sus casas. Corretean hasta una esquina. Hacen una rueda de susurros y parten por distintos caminos.
Al rato uno camina, como buscando algo, entre los arbustos del costado de la vía. En otro lugar uno está trepado sobre un árbol, a cuyo pié otros tres esperan. Pasa un viejo con un balde, por el sendero que atraviesa el monte. Todos se esconden, pero el de arriba osa tirar una semilla que emboca en el balde para el rechino de las risas. A lo lejos pita un tren. El de arriba baja y todos desaparecen.



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(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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