domingo, 21 de enero de 2007

4: ¿Cómo contártelo?

Porque ese día, tras el tabique de bolsas, no había nadie. En la sala la mesa estaba cubierta de barajas y una silla se había caído contra la pared del fondo. No queda olor a humo –pensé- hoy no han estado. Volví a la calle y mientras caminaba sin rumbo traté de adivinar algún lugar donde pudieran estar.
Acababa de llegar en el tren de la tarde y ni siquiera me había quitado esa ropa para ponerme las alpargatas y el paso tranquilo.
–En lo de Agustín, podría ser.
Era una tarde luminosa pero la arena de la calle estaba húmeda. Y eso, por alguna razón oscura, me recordó el último día antes de irme. Aquel profundo dolor. Aquella aspereza de vino y de tabaco en la lengua. Aquella tristeza…
- Pero eso no es todo. Falta contarte lo de Gregorio y de cómo Maruja al fin no vino…¡Pero sería tan largo y enredado!
Y mientras seguía caminando iba temiendo, aunque fuera absurdo, que durante mi ausencia, todos hubieran partido desde allí rumbo a lugares inencontrables. En trenes que se cruzan y se desvían y que apenas si se saludan con esos pitos lúgubres desde lejos…

El muchacho siguió por la calle que derechamente atravesaba todo el pueblo. Continuó por el camino que salía hacia las chacras y con paso cansino llegó hasta la casa que había sido de sus parientes. Ahora estaba vacía y sola. Con su techo de chapas a dos aguas, su molino de viento, su pequeño galpón flanqueado de eucaliptos y más allá los pocos y apestados frutales.
Al entrar a la casa va por la valija que había dejado sin abrir sobre la mesa del comedor. Sopla el polvo y va sacando la ropa. En las paredes siguen estando los pequeños cuadros y las fotos. Se alegra al ver la rueda de su vieja bicicleta asomada desde la puerta del dormitorio, pero no va a ella, se sienta en la mecedora de mimbre a mirar lo que se ve por la ventana. Recuerdos de tiempos anteriores.

-A cada movimiento que veía en el camino –o creía ver- me imaginaba que de alguna manera se habían enterado de mi viaje y me venían a visitar, pero no.

De aquel tiempo, sólo lejano para quien ha vivido poco, que como un envoltorio doloroso había seguido por detrás al tren en su partida. Porque el dolor había ido sobrevolando las lomas y vadeando los arroyos crecidos por la mucha agua que caía y que siguió cayendo en un vano intento de anegar y olvidar lo que quedaba atrás.

-Yo no había avisado a nadie de mi viaje.

Era madrugada y Maruja en camisón camina por el patio.
Se la ve por la puerta abierta del verano, entre las sombras blancas de la noche.
Camina sin pasos como flotando en el miedo de las estrellas.
Allá afuera ella hace algo…
-por momentos se sale de mi vista-
vuelve, se agacha y en un giro se levanta.
Puede ser que tenuemente tararee una canción que yo quisiera conocer.
No sabe que el perro anda suelto de la cadena del aljibe.
En el agua del aljibe se zambulle…
Y hay ecos que vienen de los mundos subacuáticos.
Alondra. Paloma Blanca. Sésamo de franela.

En el calor de la medianoche las sábanas están hiriendo la piel del muchacho que despierto escucha las músicas de un baile lejano. Una música que hamaca la cama. Que se pierde y vuelve a empezar con los reflujos de la brisa. Un baile que se calienta entre los pastos cuando salen las parejas. Y se enfría en los metales del uniforme de los milicos que sólo calientan con aguardiente el aliento áspero hasta caer a los lados de la puerta. Hamacón del baile que bambolea las polleras anchas de las mujeres de grandes bocas que se ríen de labios rojos y dientes blancos y aros en las orejas que tintinean y ríen hasta que se pierden en la salida.

-Mirá, un buen día Gregorio decidió irse. Quedamos de encontrarnos en la ciudad, cuando yo fuera. Iba a estar todo bien… La calle Gimaraens…

-Claro que la muerte de mis parientes había sido un poco antes y explicarlo ahora sería mucho más complicado.

La rubia estaba sonriendo por la ventanilla hacia fuera. Era tal vez la sombra de aquellos paraísos de la derecha la que tentaba su imaginación ahora que el sol apoyaba el peso de su calor desde el cielo y la humedad del campo se iba elevando pesadamente hacia las nubes.

No quise seguir dándome vueltas en la cama. Me levanté y salí con la bicicleta. Desde el portón, volví a ver la banda oscura del monte junto al arroyo, allá en el bajo. Más allá, tras la primera lomita la dubitativa luz de la chacra de Bermúdez y siguiendo esa dirección los varios grupitos de árboles –manchas apenas- que de alguna manera iban marcando el recorrido del camino. Por último la hilera horizontal de lucecitas de la avenida, allá entrando al pueblo, donde casi todos estarían durmiendo aunque unos pocos, como yo mismo quisieran encontrar en la noche aquello que les mantenía despiertos.
Fui pedaleando por el camino pedregoso, tratando de ver lo que ya no recordaba, las curvas bruscas del sendero, los límites del puentecito. La mejor manera de enfrentar la subida después.
Llegado al camino ancho de los paraísos ya todo se hacía plano.

En algún lugar una tiza de color se desgrana bajo una suela.



(Esta es una historia continuada. Sería aconsejable leerla desde el post n. 1)

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